Abriré las ventanas del cielo por Gilberto M. J. Lear

        Esta promesa ocurre en Malaquías 3:10. ¡Qué hermosa perspectiva! ¿Quién no quisiera tener una verdadera lluvia de bendiciones celestiales? ¿Quién no quisiera disfrutar de una manera especial del favor divino? No hay duda de que sería una anticipación muy agradable para todos. Pero, ¿cómo podemos conseguir semejante bienestar espiritual?

         Leamos todas las promesas en el versículo citado: “Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y vaciaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde”. Podemos entender las circunstancias en las que fueron pronunciadas estas palabras, si leemos en Nehemías 13:10-13. Los intereses de Dios se encontraban descuidados y la casa de Dios medio abandonada. Los levitas habían dejado sus sagradas tareas y estaban cultivando sus tierras para tener el sostén necesario. Y el resultado de todo esto se ve en el estado del pueblo: hay una grave declinación espiritual, una condición de descontento y de cavilación fútil entre muchos. Bajo la ley, estaban en la obligación de dar la décima parte al Señor, pero no habían cumplido con sus obligaciones materiales, y el resultado se ve en una pobreza espiritual desconcertante de veras.

         Es de temer que existe un estado de cosas muy parecido en el día de hoy. Vivimos en días de grandes oportunidades para la extensión del evangelio, y hay puertas abiertas a todos lados; pero semejante impulso hacia adelante necesita de recursos materiales y parece que escasean éstos. El espíritu general se expresa así: ¿Cuánto (o ¡cuán poco!) de mi dinero tengo que dar al Señor? Mientras que la pregunta que corresponde debiera ser: ¿Cuánto de este dinero, que todo pertenece al Señor, debería gastar en mis propios deseos? Si es cierto que “no sois vuestros; comprados sois por precio”, sigue como consecuencia lógica que todo lo que tenemos también pertenece a nuestro Señor.

         Si somos verdaderamente del Señor, tendremos un gran anhelo consumidor: quisiéramos agradar a Dios; quisiéramos ser causa de complacencia a Aquel que nos ha hecho tanto bien y nos ha salvado de los horrores de la condenación eterna. Bueno, es fácil llegar a saber cuáles son las cosas que le son agradables, porque las tenemos mencionadas en las Escrituras. Vemos, por ejemplo, la aprobación del Señor dada a la viuda que echó en el tesoro del templo todo lo que tenía. Tenía solamente dos blancas, pero ni una de ellas guardó para sí misma; y así manifestó un espíritu de tanta devoción a Dios que el Señor lo elogia en forma especial.

         Entonces, en  2 Coríntios 9:7 , ocurren estas palabras: “Dios ama al dador alegre”. Bien sabemos  que Dios ama al mundo entero (Juan 3:16) y que tiene un amor distinto para los suyos (Juan 16:27), pero aquí vemos que reserva un amor de carácter especial para los que saben dar de sus bienes alegremente para el adelantamiento del reino de Dios.
 
 
 
Gilberto M. J. Lear.
Revista “Campo Misionero”. Sep. 1944

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