Su valor por Edmundo Woodford

“Ciñe tu espada sobre el muslo, oh valiente, con tu gloria y con tu majestad”. Salmo 45:3.

En este hermoso Salmo mesiánico, se le da a Cristo un título que indica su victoria sobre las fuerzas del mal, el triunfo del Rey Divino, y su manifestación en gloria. Es “Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla” (Salmo 24:8-9) que asciende al monte de su santidad, llevando cautiva la cautividad.

Desde el principio de la historia humana, y la caída del hombre en poder de Satanás, Dios se ha manifestado de varias maneras a favor de las víctimas del diablo, los débiles que han clamado pidiéndole auxilio. Hay Salmos enteros dedicados a contar “las valentías de Jehová”. Su mano fuerte y su brazo extendido libraron a Israel de la esclavitud, y protegieron a su pueblo en su marcha por el desierto y su conquista de Canaán. Dios pudiera haber aplastado a los enemigos por una palabra, pero se valió del “ejército del cielo”, y los “salvadores”, cuando no por la intervención directa de los ángeles “¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?” (Hebreos 1:14). ¿Hubo lucha? ¿Era necesario valor para combatir al maligno? En muchos casos, sí (véase Daniel 10:12-13; Judas 9 y Apocalipsis 12:7). En la esfera humana, los campeones necesitaban ser valientes para vencer a los enemigos inspirados por el diablo: tuvieron que esforzarse (por ejemplo, Josué y David), y cobraban ánimo por su concepto de Jehová como el poderoso y terrible defensor suyo. “Tuyo es el brazo potente; fuerte es tu mano, exaltada tu diestra” (Salmos 89:6, Salmos 89:13). “Generación a generación celebrará tus obras, y anunciará tus poderosos hechos… Para hacer saber a los hijos de los hombres sus poderosos hechos, y la gloria de la magnificencia de su reino” (Salmos 145:4, Salmos 145:6, Salmos 145:12).

 Al venir al mundo el Hijo de Dios, y sujetarse a las condiciones humanas “en forma de siervo”, manifestaba a la vez la potencia propia de su ser divino, y el valor que requería para “destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14), y librar a los cautivos. El “Admirable Consejero” era a la vez el “DIOS-HÉROE” (traducción literal) para quitar la presa al valiente (Isaías 9:6; 49:24). En una de sus parábolas se describe la lucha y la victoria bajo la ilustración de un “fuerte armado” que guarda sus bienes en paz hasta que sobreviene “otro más fuerte” y le vence, repartiendo el botín (Lucas 11:21-22). Jesús, como su célebre antepasado David, bajó solo al valle de la decisión “en el nombre de Jehová”, y arrancó al campeón infernal su espada, y a la muerte su aguijón, librando al pueblo de su poder.

Es notable, pues, el valor con que el Señor Jesucristo emprendió y llevó a cabo en todas sus etapas la campaña de liberación. Semejante en todo a sus hermanos, necesitaba ser valeroso en extremo para acometerla: y sólo, por seguir sus pasos, puede el creyente ser vencedor en su propia lucha y obra. “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos es tomado a viva fuerza, y los valientes lo arrebatan” (Mateo 11:12, V. M.).

“El que quisiere ser fuerte en la lucha

Sepa vencer por fe, fe que no duda.

Las huestes de Satán de todo se valdrán;

Mas no claudicará quien es creyente”

(Juan Bunyan, versión de Enrique Turrall).

Los héroes de la fe en todos los siglos han puesto sus ojos en el Autor y Consumador, Jesús; han embebido valor en su mirada y sus proezas; imbuidos por el mismo Espíritu, han vencido “por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte” (Apocalipsis 12:11). Otro camino no hay. Sólo los vencedores serán premiados (Apocalipsis 2 y Apocalipsis 3).

El valor del Dios-Hombre se manifestó de muchas maneras. En la tentación en el desierto, el dios de este siglo le ofreció los reinos de este mundo a cambio de un solo acto de adoración, por el cual le sugería la posibilidad de conseguir sus propósitos sin sufrir la cruz. El Señor escogió el camino arduo y penoso, y resistió la primera embestida del enemigo.

Desde el principio de su misión, tuvo que sufrir la oposición tenaz y constante de los jefes de la nación (Juan 5:16, etc.). Fariseos, saduceos, sacerdotes y escribas, se unieron en contra de Dios y su Cristo, pero éste perseveró sin desviarse, y no vaciló en desenmascararlos y llamarlos hipócritas, generación de víboras, hijos del infierno, sepulcros blanqueados, de su padre el diablo. Avisado de las amenazas de Herodes, que le quería matar, se negó a marchar de sus dominios o dejar de echar fuera los demonios que salían a su paso hacia Jerusalén (Lucas 13:31).

Al enunciar las leyes de su Reino, lo mismo que en algunas parábolas suyas, no dejaba de denunciar los males sociales de su tiempo, aunque nunca con partidismo; más bien, señalaba la locura de los que amaban las riquezas, e indicaba las consecuencias eternas de la injusticia. Hablaba siempre con diáfana claridad, ofendiendo por ello a los que traspasaban la ley del amor. Sus palabras eran rectas, y su juicio justo, sin cuidarse de las opiniones humanas. Así, los herodianos le dijeron: “Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres” (13). Ni disimulaba ni transigía, sino que trazaba con línea recta la verdad exacta, en contra de las tradiciones y todos los intereses creados.

En su último viaje a Jerusalén, “afirmó su rostro” de tal modo que sus discípulos, al mirarle, “se asombraron, y le seguían con miedo” (Lucas 9:51; Marcos 10:32). Pedro (Mateo 16:22) y los demás (Juan 11:8) trataron de disuadirle, pero perseveró con valor indecible, a pesar de sentirse angustiado ante el “bautismo” que le esperaba (Lucas 12:50). Seguro de seguir la voluntad de su Padre, puso su rostro “como un pedernal” para cumplirla (Isaias 50:7). A pesar de conmoverse hondamente ante la traición de Judas (Juan 13:21) y la defección de los demás, no se desvió del camino, aunque se hallaba solo (Juan 16:32), porque por su constancia había vencido al mundo ya.

Preso, en manos de los inicuos, confesó ante Anás y Caifás, con firmeza y claridad, su condición divina y predijo su gloria venidera; delante de Poncio Pilato testificó la buena profesión, y su juez se quedó tan admirado y convencido que le hubiera absuelto si no fuese por la fiereza de sus adversarios. El Cordero, manso y sumiso ante los matadores, mostraba un valor tan sublime que parecía ser su juez.

Vencedor en la “agonía” del Huerto, recibió el “vaso” de mano de su Padre, y, confortado por un ángel, siguió hasta la cruz. Allí, con valor supremo, consumó el sacrificio sublime, inmolándose a sí mismo en el altar del amor infinito: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). ¿Quién puede calcular el esfuerzo y valor sobrehumano que se necesitaba, en el que era una sola cosa con el Padre eternamente, para sufrir “muerte de cruz” y abandono de Dios por amor a los pecadores? Generalmente, se oculta a los mortales el porvenir, porque si lo supiesen es posible que no se atreverían a seguir adelante: pero Cristo conocía desde el principio lo que tendría que sufrir, lo cual engrandece el concepto que se tiene de su valor en afrontarlo. Para estimularle, tenía delante el “gozo” que le había sido propuesto: por lo cual “sufrió la cruz, menospreciando el oprobio” (Hebreos 12:2). Hubo algo más que los sufrimientos físicos y “el castigo de nuestra paz” (Isaias 53:5) en el “lugar de la calavera” (Marcos 15:22). El “segundo Hombre” tuvo que encararse con el espíritu maligno que venció al primero y toda su estirpe –“viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí” (Juan 14:30). El Autor de nuestra salvación “despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:15). La victoria, como la consagración, fue completa y final.

Como David infundió valor a los “afligidos, a los endeudados, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu” en su destierro, y los tuvo alrededor de sí en su reino (1 Cronicas 11:10), así también Cristo, por la meditación de su abnegación y valentía, inspira a los creyentes a ofrecerse sin reservas a servirle. “Tu pueblo se presentará como ofrendas voluntarias en el día de tu poder, ataviados con los adornos de la santidad; como el rocío que cae del seno del alba, así te será tu valiente juventud” (Salmo 110:3, Versión Moderna). “El pueblo que conoce a su Dios se esforzará, y hará prodigios” (Daniel 11:32, Versión Moderna).

 

El valor del Dios-Hombre se manifestó de muchas maneras. En la tentación en el desierto, el dios de este siglo le ofreció los reinos de este mundo a cambio de un solo acto de adoración, por el cual le sugería la posibilidad de conseguir sus propósitos sin sufrir la cruz. El Señor escogió el camino arduo y penoso, y resistió la primera embestida del enemigo.
 
Desde el principio de su misión, tuvo que sufrir la oposición tenaz y constante de los jefes de la nación (Juan 5:16, etc.). Fariseos, saduceos, sacerdotes y escribas, se unieron en contra de Dios y su Cristo, pero éste perseveró sin desviarse, y no vaciló en desenmascararlos y llamarlos hipócritas, generación de víboras, hijos del infierno, sepulcros blanqueados, de su padre el diablo. Avisado de las amenazas de Herodes, que le quería matar, se negó a marchar de sus dominios o dejar de echar fuera los demonios que salían a su paso hacia Jerusalén (Lucas 13:31).
 
Al enunciar las leyes de su Reino, lo mismo que en algunas parábolas suyas, no dejaba de denunciar los males sociales de su tiempo, aunque nunca con partidismo; más bien, señalaba la locura de los que amaban las riquezas, e indicaba las consecuencias eternas de la injusticia. Hablaba siempre con diáfana claridad, ofendiendo por ello a los que traspasaban la ley del amor. Sus palabras eran rectas, y su juicio justo, sin cuidarse de las opiniones humanas. Así, los herodianos le dijeron: “Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres” (Mateo 22:16). Ni disimulaba ni transigía, sino que trazaba con línea recta la verdad exacta, en contra de las tradiciones y todos los intereses creados.
 
En su último viaje a Jerusalén, “afirmó su rostro” de tal modo que sus discípulos, al mirarle,  “se asombraron, y le seguían con miedo” (Lucas 9:51; Marcos 10:32). Pedro (Mateo 16:22) y los demás (Juan 11:8) trataron de disuadirle, pero perseveró con valor indecible, a pesar de sentirse angustiado ante el “bautismo” que le esperaba (Lucas 12:50). Seguro de seguir la voluntad de su Padre, puso su rostro “como un pedernal”  para cumplirla (Isaías 50:7). A pesar de conmoverse hondamente ante la traición de Judas (Juan 13:21) y la defección de los demás, no se  desvió del camino, aunque se hallaba solo (Juan 16:32), porque por su constancia había vencido al mundo ya.
 
Preso, en manos de los inicuos, confesó ante Anás y Caifás, con firmeza y claridad, su condición divina y predijo su gloria venidera; delante de Poncio Pilato testificó la buena profesión, y su juez se quedó tan admirado y convencido que le hubiera absuelto si no fuese por la fiereza de sus adversarios. El Cordero, manso y sumiso ante los matadores, mostraba un valor tan sublime que parecía ser su juez.
 
Vencedor en la “agonía” del Huerto, recibió el “vaso” de mano de su Padre, y, confortado por un ángel, siguió hasta la cruz. Allí, con valor supremo, consumó el sacrificio sublime, inmolándose a sí mismo en el altar del amor infinito: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). ¿Quién puede calcular el esfuerzo y valor sobrehumano que se necesitaba, en el que era una sola cosa con el Padre eternamente, para sufrir “muerte de cruz” y abandono de Dios por amor a los pecadores?  Generalmente, se oculta a los mortales el porvenir, porque si lo supiesen es posible que no se atreverían a seguir adelante: pero Cristo conocía desde el principio lo que tendría que sufrir, lo cual engrandece el concepto que se tiene de su valor en afrontarlo. Para estimularle, tenía delante el “gozo” que le había sido propuesto: por lo cual “sufrió la cruz, menospreciando el oprobio” (Hebreos 12:2). Hubo algo más que los sufrimientos físicos y “el castigo de nuestra paz” (Isaias 53:5) en el “lugar de la calavera” (Marcos 15:22). El “segundo Hombre” tuvo que encararse con el espíritu maligno que venció al primero y toda su estirpe –“viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí” (Juan 14:30). El Autor de nuestra salvación “despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:15). La victoria, como la consagración, fue completa y final.
 
Como David infundió valor a los “afligidos, a los endeudados, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu” en su destierro, y los tuvo alrededor de sí en su reino (1 Cronicas 11:10), así también Cristo, por la meditación de su abnegación y valentía, inspira a los creyentes a ofrecerse sin reservas  a servirle. “Tu pueblo se presentará como ofrendas voluntarias en el día de tu poder, ataviados con los adornos de la santidad; como el rocío que cae del seno del alba, así te será tu valiente juventud” (Salmo 110:3, Versión Moderna). “El pueblo que conoce a su Dios se esforzará, y hará prodigios”  (Daniel 11:32, Versión Moderna).
 
 
 
Edmundo Woodford (Adaptado). Revista “El Camino”, Noviembre 1954   Edmundo Woodford
 
 
    

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