Alimento del cuerpo por San León Herrera

        Todo lector atento a estos tres artículos de la serie, notará la íntima relación que guardan entre sí. El “Gobierno de la Casa” se plasma en un “Pastorado del rebaño” y, como parte primordial de tal pastorado, hallamos la provisión de alimento a la grey, o la suministración de alimento al Cuerpo de Cristo, la Iglesia, en conformidad con el título de este tercer estudio.

         Haremos notar que no consideraremos tales palabras como un simple título, sino como un verdadero enunciado al que nos hemos de ceñir en el desarrollo del tema. Más: como un punto de partida y pauta. Mejor: como punto de enfoque. Nos fijaremos, pues, en los conceptos que tales palabras entrañan: ALIMENTO; alimento del CUERPO; alimento del Cuerpo DE CRISTO; alimento del Cuerpo de Cristo, LA IGLESIA. 

         Todos entendemos que alimento es aquello que mantiene o desarrolla una vida. Tal es su finalidad y tal es lo que le constituye alimento; lo contrario podría constituirlo en tóxico o veneno. Para ser alimento ha de mantener esa vida y proporcionarle lo indispensable a su desarrollo. Así con el alimento vienen a coadyuvar el vestido y más aún el ambiente en el que parte de él es esencialmente alimento.

        Hay una porción básica en esta cuestión que nos da hermosa y completa orientación. Es la de 1 Pedro 1:23 y 1 Pedro 2:2, y hemos de leerla cuidadosamente. La primera declaración que hallamos en ella es que el cristiano, el creyente, es renacido de simiente incorruptible. Retengamos bien estas dos palabras: SIMIENTE INCORRUPTIBLE. ¡Qué semejantes a simple vista algunas células en el hombre, el animal y el vegetal! Pero qué diferentes ya en el laboratorio bajo microscopio y la mirada sabia de un experto. ¡Y cuánto más diferentes al seguir su trayectoria la vida que en sí mismas llevan! ¡Y cuán diferentes, las exigencias que esta misma vida impone para su mantenimiento, desarrollo y finalidad!

Continúa diciendo Pedro que este nuevo nacimiento es por la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre. Notamos que el apóstol no puede resistir patentizar el maravilloso contraste entre esta Palabra y “toda carne”, y finaliza diciendo que esta Palabra es la que por el Evangelio nos fue predicada. Surge aquí por sí sola la hermosa conclusión de que fue el Espíritu por la Palabra que nos dio la nueva vida. Será, asimismo, esta Palabra, ella y no otra, la que mantendrá y desarrollará la vida que ella dio. Y esto, por la sencilla razón de que esta nueva vida nos alza a un plano donde otros géneros de vida  han quedado atrás: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:6).

        No deja de sernos interesantísimo  notar que allí donde se establece un denominador común a diferentes géneros de vida, tal denominador queda establecido respecto al alimento. Pero allí donde diferenciamos los géneros, surge la diferencia en la alimentación. En la narración del Génesis sobre la Creación leemos: “Produzca la tierra”; “Produzcan las aguas”; y “Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra”. Inmediatamente, hallamos que “tierra”, “aguas”, “polvo”, suministran alimentos que mantienen la vida de aquellos seres que Dios hizo de ellos surgir. Oxígeno, hidrógeno, nitrógeno, calcio, hierro, fósforo, etc. en tierra, agua, polvo y, a la vez, indispensables para los seres que de ellos vimos surgir. Mas, ahora, diferenciamos al pez de la bestia del campo e, inmediatamente, veremos al primero tomar el oxígeno del agua y, a la segunda, del aire. Comparemos al vegetal y al hombre: el vegetal tomará  su oxígeno principalmente del aire por las hojas y, el hombre, por el hierro en su sangre cuando ésta queda en contacto con el aire en el pulmón.

        Lo que realmente está haciendo este plano de vida física o natural es prepararnos para entender bien las cosas al elevarnos al otro plano de vida espiritual la nueva vida del creyente. Tal vida vino de Dios: “Todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé, los hice”. Viene de Jesús: pues dice de sus ovejas: “Yo les doy vida eterna”. Viene del Espíritu Santo: “Lo que es nacida del Espíritu, espíritu es”. Viene de la Palabra: “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Isaías 43:7. Juan 10:28; Juan 3:6; Juan 6:63). Es, pues, una vida que viene de lo Alto, y el Cielo es quien ha de alimentarla.

        Esto me lleva a pensar que, cuando me subo a la plataforma, a la tarima o al púlpito y tengo delante de mí a los hijos de Dios, la grey del Señor o el Cuerpo de Cristo, esperando alimento, son almas renacidas por el Espíritu y la Palabra y solamente la Palabra en el poder del Espíritu podrá alimentarlas. En realidad, no tengo derecho a presentarles meramente mis pensamientos y propios pareceres, ni teorías ni especulaciones del intelecto humano. Cierto que en todo eso puede haber algo, o mucho, que les sería de gran utilidad. Son seres humanos como yo y rara vez un hombre deja de tener lección o ayuda para otro  hombre. Pero esas almas que tengo delante de mí en la “Casa de Dios” no me presentan el problema de la ilustración intelectual, ni el de su educación social, ni el de su vida física. Ni me son ni les soy extraño o indiferente en el terreno de tales problemas. Pero, en tal momento, me presentan el de su alimentación espiritual, mantenimiento y desarrollo de esa nueva vida a que el Espíritu las levantó.

        En el púlpito, se ha errado sirviendo alimento intelectual más bien que espiritual enseñando, (admitámoslo en su mejor sentido), “mandamientos de hombres”. Se ha errado y se ha abusado, tal vez inconscientemente, dando al espíritu piedra en lugar de pan; y también, fatalmente, serpiente en lugar de pescado y escorpión en lugar de huevo. No le será difícil al lector notar que, a veces, se  han pisado las huellas del apóstol  Pablo, pero en trayectoria inversa. Vemos al apóstol en la sinagoga, en la escuela, en el ágora o en el Aerópago. Pero en cada sitio, su palabra fue Palabra de Dios. Sin embargo, se ha visto hacer de la Iglesia, sinagoga con meras doctrinas; escuela, con meras teorías; ágora, con meras controversias; y Areópago, con meras especulaciones. Realmente, la Iglesia ha quedado tras la sinagoga, aunque tiene doctrina; tras la escuela, aunque tiene enseñanza; tras el ágora, teniendo más bien defensa que discusión; y tras el Aerópago, teniendo revelación y no especulación. Todas estas cosas trascienden en ella a un plano más elevado haciéndola (a ella: individuos y lugar) “La Casa de Dios”, donde se pregunta: “¿Quién es el mayordomo fiel y prudente al cual su señor pondrá sobre su casa, para que a tiempo les dé su ración? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así” (Lucas 12:42-43). Y se aconseja: “Téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea  hallado fiel”. (1 Corintios 4:1-2). Pablo nunca olvidó que el programa que se le había dado era del Cielo y para el Cielo y para lo del Cielo.

        Todo esto nos plantea la cuestión en términos sumamente serios y de gran solemnidad. Pero, cumplida nuestra parte con fidelidad,  nobleza y sabiduría, dejará en nuestro corazón una sensación de gozo inefable y en el alma una hermosa paz y serenidad. Nada más hermoso y bendito para nosotros que la certidumbre de que, efectivamente, hemos estado sembrando, comunicando, sirviendo la mismísima Palabra de Dios. Que, efectivamente, nuestros hermanos han podido llenar su gomer de pan del Cielo.

        En la visión de Isaías 6, hay cosas bellas, bellísimas. Una de ellas, ésta: “Heme aquí, envíame a mí”. Pero anotemos lo que inmediatamente surge: El Señor dice al que ya es su profeta: “Anda y DI”... Y queda completamente especificando lo que el profeta  había de decir. Y Jesús, modelo de modelos, le dice al Padre: “Las Palabras que me diste les he dado a conocer”. Y Pablo que tan cerca sigue a su Señor al hablar a los corintios, que tan orgullosos y partidistas eran del ministerio de los hombres, les declara que el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo que nosotros ministramos es porque Dios mismo ha resplandecido en nuestros corazones y que todo constituye un tesoro que tenemos en vasos de barro. ¿Qué somos, pues, nosotros, en el servicio de nuestra suministración? La vasija ciertamente honrada y santificada. Pero la familia de Dios ¿qué pide? ¿Qué  necesita? El pan y el agua de vida; el vino del gozo espiritual; el aceite de la santificación. El vaso de barro en sí, ¿qué vida, qué alimento les puede dar?

 

San León Herrera. (Adaptado). Reuniones Anuales en Madrid, Octubre 1951.
Publicado en la Revista “El Camino”, nº 87. Marzo 1952

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