Una oración misionera por Miguel Leccese

“Dios tenga misericordia de nosotros, Y nos bendiga; Haga resplandecer su rostro sobre nosotros” 
 Salmos 67
 
         Así comienza la oración manifestando deseo y necesidad de corazón, de estar llenos de tales bendiciones.  ¿Qué los mueve al desear y procurar estar tan bien equipados? Continúa:  "Para que sea conocido en la tierra tu camino, en todas las naciones tu salvación”.
 
         Aquí está el motivo, para esto  han debido empezar a tratar primeramente con ellos mismos delante de Dios. ¡Qué grande verdad! Descúbrenos la necesidad de dar tales pasos, contar con tales bendiciones, antes de un esfuerzo misionero. ¡Oh que el Señor obrase tal depertamiento en medio nuestro! ¡Cuán bueno fuera, hiciera suya el pueblo de Dios también en estos días, esta oración!

        Tal debe ser el espíritu y ambición de la Iglesia del Señor; porque: “Jerusalén, Samaria, y hasta lo último de la tierra” es el campo inmenso que el Señor abrió a los ojos y actividades de su Iglesia; sí, hasta lo último de la tierra, allí solamente se encuentra su señalada meta. No debe haber lugares olvidados.

    ¡Cuántos pueblos quedan aún sin testimonio!    ¡Cuánta falta hay de misioneros! Gracias al Señor por aquellos que Él ha preparado, y han respondido ya al llamado a Su servicio.

        Incumbe al pueblo de Dios abrigar tales deseos, elevar tales súplicas, para que la obra del Señor en medio nuestro pueda tener también grandes alcances, para que el camino de Dios (no el de los hombres) sea conocido en toda nuestra nación y fuera de ella por la errante y perdida humanidad; la verdad resplandezca en medio de tanta mentira, y la salvación de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro, alcance no sólo a los cercanos sino a todo el mundo.

        El Señor de la mies se ha dignado honrarnos, que fuésemos los instrumentos en sus manos, para su realización."Me seréis testigos”

      El tiempo urge, la necesidad apremia, las oportunidades se van, las almas se pierden. Ante tan solemne verdad, no se debería escatimar esfuerzos, no debería haber en el pueblo de Dios, asambleas y miembros con horizontes reducidos a los sólo términos de su barrio.

        Somos fruto de tal obra, deudores a la vez, y con nuestras responsabilidades al respecto.

        Mientras el Señor hace oír su llamado a la obra entre sus siervos, los demás redoblamos nuestras fuerzas apoyando y respaldando sus salidas , contribuyendo espiritual y materialmente.

        Los resultados señalados y prometidos seguirán, los frutos se manifestarán. "Te alaben los pueblos, oh Dios... Alégrense y gócense las naciones...” (Salmos 67:3-4)
 
 
 
Miguel Leccese. (Adaptado)
Revista Campo Misionero”. Octubre 1944

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