Su compasión por Edmundo Woodford

        Una de las cualidades esenciales en el Sumo Sacerdote de Israel era que pudiera compadecerse de los débiles, ignorantes y extraviados, con los cuales tendría que ver su ministerio diario. Para ello, “tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere” (Hebreos 5:1). Mediaba entre el Dios santísimo y el hombre pecador.

         En el A. T., se refiere con frecuencia a la misericordia de Dios (Salmos 78:38; Salmos 86:15; Salmos 145:8), y la palabra indica su benevolencia y tierna piedad para con los mortales. “Le dolió en su corazón”, el ver la maldad del mundo antes del diluvio; y cuando Israel se hallaba en el horno de fuego en Egipto, Él se reveló a Moisés desde una zarza ardiendo, acompañándoles en sus aflicciones. “En toda angustia de ellos, Él fue angustiado” (Isaías 63:9). Cuando los tres jóvenes fueron echados en el horno por Nabucodonosor, éste vio con ellos a uno “semejante a hijo de los dioses”. Cumplía su promesa (Isaías 43:2): “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti”. En Isaías 49:15, Dios compara su amor al de una madre para con su propio hijo, y nuestro traductor emplea acertadamente el verbo compadecerse -¿no es parte de su propio ser?

        Con todo, la verdadera compasión sólo se hizo factible por la encarnación: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, con  que nos visitó desde lo alto la aurora” (Lucas 1:78). Se encarnó el Hijo de Dios en el seno de la bienaventurada virgen María, y, desde su entrada en este mundo en forma humana, hubo en Él un conocimiento más íntimo de nuestras penas, una verdadera simpatía, puesto que Él también padeció, y fue consumado por aflicciones, hecho en todo semejante a sus hermanos, aparte del pecado. El artesano de Nazaret, sostén de su madre, pobre en extremo, “varón de dolores y experimentado en quebrantos” es el que hoy socorre a los suyos con un amor perfeccionado por la experiencia –“carne de nuestra carne y hueso de nuestros huesos”-, Jesucristo hombre”. En Hebreos 5:2, se emplea un vocablo especial (la única vez en el N.T.) que significa el ajuste exacto de las emociones, aplicando a cada cual  la medida de sentimiento que necesita o merece. La gracia y la verdad se manifestaron en Él siempre en sus debidas proporciones: su compasión nunca fue meramente emocional, aunque siempre amplia y suficiente. No condona la falta, más discierne sus causas, y se apresura a remediarla con pleno conocimiento de las flaquezas –la falta de salud moral- que implica. Su simpatía con el caído no encubre su culpabilidad, pero busca la restauración y no la condena: Él da su vida por nuestra salvación, su gracia, cual bálsamo, para nuestra salud.

        La etimología de la palabra traducida "compasión” (misericordia) es sumamente interesante, -procede del concepto de los griegos de ser las entrañas (el corazón y los riñones en lenguaje bíblico), sede de las emociones; y se traduce así en las epístolas (2 Corintios 6:12; 2 Corintios 7:15. Filemón 7, Filemón 12, Filemón 20). En los Evangelios se emplea exclusivamente con referencia a los sentimientos del Señor, o directamente o por parábolas.

        "Tengo compasión", dice, “de las multitudes”: Su corazón -sus “entrañas”- se conmueve al contemplarlas perdidas -ovejas desamparadas y dispersas, sin pastor” (Mateo 9:36). Aquí se revela el verdadero Pastor de Israel que cuida de la grey (Ezequiel 34) - no sólo de las ovejas de Israel, sino de las otras que no son de aquel redil: “aquellas también debo traer” (Juan 10:16). Siente la apremiante obligación impuesta por el amor infinito y abnegado que inspira igualmente a sus siervos fieles (1 Corintios 9:16).
En Mateo 14:14, le llaman la atención sus enfermedades, y los sana. ¡Cuán enfermo está el mundo hoy! ¡Cuán diversos sus males! 

"Al declinar el día te rodea
La multitud del mal esclavizada...
Hay oprimiendo cuidados mundanos.
Dañinas dudas hay que prevalecen:
Pasiones hay que despedazan almas.
Y que tan sólo Tú dominar puedes”.
 
         También son hambrientos, y sólo Él puede darles el Pan de Vida (Marcos 8:2). En el desierto “tuvo  hambre” (Mateo 4:2), y por eso sabía compadecerse de ellos. “Si los enviare en ayunas a sus casas, se desmayarán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos”. ¡Cuán diferente fue la reacción de sus discípulos! – “Despide a la multitud, para que se vayan por las aldeas y compren de comer” (Mateo 14:15). ¡Cuán propensos estamos nosotros a comer lo poco que tenemos - nuestras bendiciones - y descuidamos de las necesidades de los demás! No vale decir: “no tenemos", porque lo nuestro en Sus manos será más que suficiente. Por desgracia, nos falta la compasión del Señor.

        En tres de sus milagros, se manifiesta la misma virtud, y en la versión hispano americana (H. A.) se emplea correctamente la idéntica palabra. El leproso solicita humildemente su socorro (Marcos 1:41); el padre del muchacho endemoniado exclama: "Si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos” (Marcos 9:22), y el Señor Jesús, al ver la angustia de la viuda de Naín, se conmueve (Lucas 7:13). Ante la muerte de su amigo, “se estremeció en espíritu y se conmovió” (Juan 11:33), llorando con los que lloraban. ¡Bendito Amigo de los que sufrimos las consecuencias amargas del pecado! ¡Omnisciente en sus conocimientos, omnipotente para consolarnos y librarnos del poder del sepulcro, omnipresente con sus amados todos los días hasta la consumación de los siglos; ¡Hombre que siente todas nuestras penas y las compensa con su amor y gracia, Dios; que nos eleva con victoria sobre ellas y nos da la vida eterna, limpiando a la vez toda lágrima de nuestros ojos!

        Tres de Sus parábolas expresan su honda simpatía y la compasión divina hacia el pecador en sus desgracias - el samaritano, el padre admirable, y el rey benévolo (Lucas 10:33; Lucas 15:20 y Mateo 18:27), exhibiendo la misma virtud, es decir, socorriendo al caído, restaurando al perdido, y perdonando al deudor. (Véase la versión H. A. en cada caso). Estos ejemplos nos conducen a la lección práctica. En la contemplación de las excelsas cualidades de nuestro Señor, no se nos olvide nuestro deber de seguir su ejemplo en nuestras relaciones con los que nos rodean y con nuestros hermanos en la fe. "El sentir que hubo en Cristo Jesús” debe inspirar todas nuestras relaciones con otros. Tres citas de las epístolas bastarán para subrayar la enseñanza que se deriva de nuestro estudio, plasmada por el uso del mismo término ya considerado. Pablo exhorta a los Filipenses, a los cuales ama entrañablemente en Cristo Jesús, a que demuestren el mismo amor y la misma compasión entre sí (Filipenses 1:8 y Filipenses 2:1-2). A los Colosenses 3:12-13 escribe: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia ... soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros”. ¡No se nos olvide el caso del deudor ingrato! Juan, siempre práctico, dice: “El que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1 Juan 3:17). La compasión reprimida y frustrada se atrofia, y el creyente egoísta que no se conmueve ante los males humanos está muy lejos de ser cristiano. Quizás por ello se resfría el amor de los muchos, y avanzan ideologías peligrosas en el mundo, al no ver en la iglesia las virtudes del Maestro. Algunos hemos sido traidores. “¿Soy yo, Señor?”.

 

 
Edmundo Woodford (Adaptado).
Revista “El Camino”. Marzo 1954

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