Su celo por Edmundo Woodford

          En Isaías 59:17, el profeta describe la venida al mundo del Libertador de Israel, y termina con la frase. “se cubrió de celo como de manto”. Así, en las actividades del Salvador del mundo se nota un santo entusiasmo y una completa devoción a Dios, para llevar a cabo la obra que le fue encomendada. “El celo de Jehová de los ejércitos hará esto” (Isaías 37:32) es la garantía de su éxito desde la cuna hasta el trono del imperio universal.

           Los filósofos definen el celo como emulación, el deseo de conseguir y hacer lo mejor, inspirado en un ejemplo que sobrepasa la propia experiencia. Según el diccionario, es “cuidado, diligencia, esmero que alguien pone al hacer algo”. Es el cuidado vigilante y afectuoso de la gloria de Dios o del bien de las almas. ¡Cuán admirablemente, pues, se despliega en la vida del Señor Jesucristo!

           Su afán, desde el principio, era ocuparse en los negocios de su Padre: durante su ministerio, y, especialmente, ante las crisis que se aproximaban, pasaba noches enteras en oración: madrugaba para recibir órdenes de arriba, palabras adecuadas para las almas hambrientas que le rodeaban. El uso de la palabra “luego”, tan frecuente en Marcos, indica con qué diligencia cumplía la voluntad de Aquel que le envió, en sus obras de misericordia y salvación. Siempre buscaba la gloria de Dios, y no la suya propia, y todo lo que afectaba el honor de su Padre le tocaba en lo vivo. Sus denuncias más severas se reservaron para los hipócritas que, por su conducta nefanda, denigraban la religión que profesaban, y, por ende, el buen Nombre de su fundador. En cambio, la revelación del Padre en la persona y obra de su Hijo amado, fue tan perfecta que pudo decir a Felipe: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Su afán era cumplir exactamente lo que indicaban las Escrituras acerca de su vida y obra: las tenía siempre en su corazón y memoria, como programa y norma para el breve “día” de su carrera terrenal.

           Uno de los primeros actos públicos ilustra la palabra de esta meditación. Con un azote de cuerdas en su mano, echó fuera de los recintos sagrados a los mercaderes y cambistas, y en el hecho y el aspecto severo de su Maestro, los discípulos vieron el cumplimiento de una parte del Salmo mesiánico 69: “Me consumió el celo de tu casa”. Era, pues, como un fuego devorador en su corazón (Cantares 8:6): sentía vivamente las injurias y vituperios hechos a su Padre y los tomaba sobre sí. La apatía ante la maldad y los males humanos no es una virtud cristiana sino estoica. El Señor se caracterizaba por sentimientos bien medidos y controlados (Hebreos 5:2): nunca se vio en Él ningún exceso ni deficiencia en el ejercicio de las pasiones propias de su humanidad. Si obró con severidad, sentía a la vez honda pena por los disciplinados. Sólo una vez en los Evangelios se habla de su enojo (Marcos 3:5) y aún allí la palabra que se emplea implica tristeza y condolencia -se compadeció de ellos a la vez que se encendió su ira contra ellos por el endurecimiento de sus corazones. En otra ocasión, se indignó con sus discípulos por no haber interpretado bien a las madres que traían a su pequeños para que los bendijese (Marcos 10:14). Ante el sepulcro de Lázaro, en presencia del dolor de las hermanas y los estragos del pecado, expresó fuertemente su contrariedad (Juan 11:33-38, si se usa la palabra en el mismo sentido que en Lamentaciones 2:6, LXX). Estos acompañantes del celo, que en los hombres tienden a reproducir exageraciones impropias y dañinas, tuvieron en Cristo su lugar legítimo, y no sólo eran propios sino necesarios en la actuación del Hijo del Hombre en un mundo perverso e infiel.

          Su celo fue siempre con discreción. Su fervor con prudencia. Su condescencia se dignificó por su autoridad, y su bondad y gentileza endulzaba el ejercicio de su poder. Su censura se mezclaba con compasión, y su desagrado con sincera pena por los transgresores. Al contemplar estas perfecciones en Cristo, tenemos que condenarnos a nosotros mismos, al ver cuán deficientes somos, pero se gozarán nuestros corazones al considerar que estas virtudes pueden llegar a ser nuestras en Él.

          Todo “enojo, ira y gritería” son del “viejo hombre”, y no caben en el nuevo (Efesios 4:22-32). Son obras de la carne (1 Corintios 3:3; 2 Corintios 12:20; Gálatas 5:20). Aún el celo puede ser equivocado (Gálatas 1:14; Filipenses 3:6), y “no conforme a ciencia” (Romanos 10:2); o puede proceder de la envidia (Gálatas 4:17). Sin embargo, es una virtud que se debe cultivar. El Señor “se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14), y debemos ser celosos para el bien (1 Pedro 3:13). Se emplea la palabra en Romanos 12:11—”fervientes, o celosos, en espíritu, sirviendo al Señor”— y, como verbo, se traduce, “procurar” en 1 Corintios 12:31, y 1 Corintios 14:1,1 Corintios 12, 1 Corintios 39, al referirse a los mejores dones. De paso, se debe notar que aunque éstos son de origen sobrenatural, no son caprichosos, sino se dan a los que con verdadero celo los buscan en oración. La misma virtud se despliega en el cuidado de los necesitados en las iglesias (2 Corintios 9:2), sirviendo de estímulo a otros, en una santa y sana rivalidad en fomentar dádivas, sea en las atenciones a los pobres o en el apoyo a la obra del Señor. ¡Ojalá se manifestara más ahora! A buen seguro no tendríamos entonces que lamentar ninguna estrechez material.

          La iglesia de Corinto mostró mucho celo por el apóstol en su pena y preocupación por sus hijos en la fe (2 Corintios 7:7, 2 Corintios 7:11), y él, a la vez, imitaba a su Señor en su santo celo, por todos ellos, a los cuales había desposado “con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Corintios 11:2). De igual espíritu era Epafras en su devoción a los intereses de los santos en Colosas (4:13).

           ¿No es lo que falta en algunas congregaciones hoy? A la iglesia tibia, el Señor dice: “Sé, pues, celoso y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19).

           Meditemos, pues, en el ejemplo del Maestro hasta que su celo, cual fuego, nos devore y nos eleve a más devoción y entusiasmo, mayores sacrificios, y más fiel cumplimiento de los deberes que nos corresponden. “Maldito el que hiciere indolentemente la obra de Jehová” (Jeremias 48:10).

 
 
 
Edmundo Woodford (Adaptado). Revista “El Camino”, Octubre 1954

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