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Oro viejo
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Primera Parte
“Ciñe tu espada sobre el muslo, oh valiente, con tu gloria y con tu majestad”. Salmo 45:3.
En este hermoso Salmo mesiánico, se le da a Cristo un título que indica su victoria sobre las fuerzas del mal, el triunfo del Rey Divino, y su manifestación en gloria. Es “Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla” (Salmo 24:8-9) que asciende al monte de su santidad, llevando cautiva la cautividad.
Desde el principio de la historia humana, y la caída del hombre en poder de Satanás, Dios se ha manifestado de varias maneras a favor de las víctimas del diablo, los débiles que han clamado pidiéndole auxilio. Hay Salmos enteros dedicados a contar “las valentías de Jehová”. Su mano fuerte y su brazo extendido libraron a Israel de la esclavitud, y protegieron a su pueblo en su marcha por el desierto y su conquista de Canaán. Dios pudiera haber aplastado a los enemigos por una palabra, pero se valió del “ejército del cielo”, y los “salvadores”, cuando no por la intervención directa de los ángeles “¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?” (Hebreos 1:14). ¿Hubo lucha? ¿Era necesario valor para combatir al maligno? En muchos casos, sí (véase Daniel 10:12-13; Judas 9 y Apocalipsis 12:7). En la esfera humana, los campeones necesitaban ser valientes para vencer a los enemigos inspirados por el diablo: tuvieron que esforzarse (por ejemplo, Josué y David), y cobraban ánimo por su concepto de Jehová como el poderoso y terrible defensor suyo. “Tuyo es el brazo potente; fuerte es tu mano, exaltada tu diestra” (Salmo 89:6, Salmo 89:13). “Generación a generación celebrará tus obras, y anunciará tus poderosos hechos… Para hacer saber a los hijos de los hombres sus poderosos hechos, y la gloria de la magnificencia de su reino” (Salmo 145:4, Salmo 145:6, Salmo 145:12).
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Oro viejo
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TÍTULOS DOBLES DE NUESTRO SEÑOR (2ª Parte)
Ahora pasaremos a considerar la segunda parte de este doble título: “Príncipe y SALVADOR”. Es posible estar tan familiarizados con este bendito nombre que lo empleemos sin pararnos para reflexionar debidamente sobre su plenitud de significado. Para tratarlo completamente, se necesitaría un volumen, y no parte de un artículo de revista. Sin embargo, ofrecemos las cuestiones siguientes: Cristo ha llegado a ser SALVADOR por lo que consiguió su muerte a favor del pecador.
“Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24). Y, otra vez, “Se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad” (Tito 2:14). Como “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23), nuestro Señor sufrió, tomando el lugar del culpable, como el sustituto de los que confían en él: el creyente, en la persona de su sustituto, ya ha padecido el juicio por sus pecados, pero también es SALVADOR, porque somos salvos por su vida.
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Oro viejo
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TÍTULOS DOBLES DE NUESTRO SEÑOR
Al leer el Nuevo Testamento no podemos sino observar el cuidado usado en los nombres de nuestro Salvador: el nombre humano, Jesús, figurando narrativamente unas 600 veces en los evangelios, unas 100 veces en las epístolas y ocho veces en Hebreos. La palabra Señor, denotando dignidad, aparece también muy frecuentemente; y Cristo, dando a entender su oficio, como ungido de Dios, con mucha frecuencia. Pero hay también una serie de títulos dobles que se emplean en una manera muy significativa, y en estos artículos esperamos examinar algunos.
En Juan 13:13 leemos: "Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy". Como Maestro es nuestro Enseñador; y como Señor es nuestro Poseedor: es Instructor y Dueño.
Pensemos, pues, en él como MAESTRO. ¡Cuán importante, poderosa y autorizada su enseñanza! "Les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas" (Mateo 7:29). Nuestro Señor no da sus discursos de su propia voluntad; dice: "Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar" (Juan 12:49). “Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras" (Juan 14:10). Y no comunica ninguna verdad que no le fuera dada por el Padre para la instrucción de los suyos (Marcos 13:32). Nos hace bien meditar en el carácter de las palabras de Cristo:
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