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Segunda parte
El valor del Dios-Hombre se manifestó de muchas maneras. En la tentación en el desierto, el dios de este siglo le ofreció los reinos de este mundo a cambio de un solo acto de adoración, por el cual le sugería la posibilidad de conseguir sus propósitos sin sufrir la cruz. El Señor escogió el camino arduo y penoso, y resistió la primera embestida del enemigo.
Desde el principio de su misión, tuvo que sufrir la oposición tenaz y constante de los jefes de la nación (Juan 5:16, etc.). Fariseos, saduceos, sacerdotes y escribas, se unieron en contra de Dios y su Cristo, pero éste perseveró sin desviarse, y no vaciló en desenmascararlos y llamarlos hipócritas, generación de víboras, hijos del infierno, sepulcros blanqueados, de su padre el diablo. Avisado de las amenazas de Herodes, que le quería matar, se negó a marchar de sus dominios o dejar de echar fuera los demonios que salían a su paso hacia Jerusalén (Lucas 13:31).
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Oro viejo
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Primera Parte
“Ciñe tu espada sobre el muslo, oh valiente, con tu gloria y con tu majestad”. Salmo 45:3.
En este hermoso Salmo mesiánico, se le da a Cristo un título que indica su victoria sobre las fuerzas del mal, el triunfo del Rey Divino, y su manifestación en gloria. Es “Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla” (Salmo 24:8-9) que asciende al monte de su santidad, llevando cautiva la cautividad.
Desde el principio de la historia humana, y la caída del hombre en poder de Satanás, Dios se ha manifestado de varias maneras a favor de las víctimas del diablo, los débiles que han clamado pidiéndole auxilio. Hay Salmos enteros dedicados a contar “las valentías de Jehová”. Su mano fuerte y su brazo extendido libraron a Israel de la esclavitud, y protegieron a su pueblo en su marcha por el desierto y su conquista de Canaán. Dios pudiera haber aplastado a los enemigos por una palabra, pero se valió del “ejército del cielo”, y los “salvadores”, cuando no por la intervención directa de los ángeles “¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?” (Hebreos 1:14). ¿Hubo lucha? ¿Era necesario valor para combatir al maligno? En muchos casos, sí (véase Daniel 10:12-13; Judas 9 y Apocalipsis 12:7). En la esfera humana, los campeones necesitaban ser valientes para vencer a los enemigos inspirados por el diablo: tuvieron que esforzarse (por ejemplo, Josué y David), y cobraban ánimo por su concepto de Jehová como el poderoso y terrible defensor suyo. “Tuyo es el brazo potente; fuerte es tu mano, exaltada tu diestra” (Salmo 89:6, Salmo 89:13). “Generación a generación celebrará tus obras, y anunciará tus poderosos hechos… Para hacer saber a los hijos de los hombres sus poderosos hechos, y la gloria de la magnificencia de su reino” (Salmo 145:4, Salmo 145:6, Salmo 145:12).
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TÍTULOS DOBLES DE NUESTRO SEÑOR (2ª Parte)
Ahora pasaremos a considerar la segunda parte de este doble título: “Príncipe y SALVADOR”. Es posible estar tan familiarizados con este bendito nombre que lo empleemos sin pararnos para reflexionar debidamente sobre su plenitud de significado. Para tratarlo completamente, se necesitaría un volumen, y no parte de un artículo de revista. Sin embargo, ofrecemos las cuestiones siguientes: Cristo ha llegado a ser SALVADOR por lo que consiguió su muerte a favor del pecador.
“Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24). Y, otra vez, “Se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad” (Tito 2:14). Como “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23), nuestro Señor sufrió, tomando el lugar del culpable, como el sustituto de los que confían en él: el creyente, en la persona de su sustituto, ya ha padecido el juicio por sus pecados, pero también es SALVADOR, porque somos salvos por su vida.
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TÍTULOS DOBLES DE NUESTRO SEÑOR
Al leer el Nuevo Testamento no podemos sino observar el cuidado usado en los nombres de nuestro Salvador: el nombre humano, Jesús, figurando narrativamente unas 600 veces en los evangelios, unas 100 veces en las epístolas y ocho veces en Hebreos. La palabra Señor, denotando dignidad, aparece también muy frecuentemente; y Cristo, dando a entender su oficio, como ungido de Dios, con mucha frecuencia. Pero hay también una serie de títulos dobles que se emplean en una manera muy significativa, y en estos artículos esperamos examinar algunos.
En Juan 13:13 leemos: "Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy". Como Maestro es nuestro Enseñador; y como Señor es nuestro Poseedor: es Instructor y Dueño.
Pensemos, pues, en él como MAESTRO. ¡Cuán importante, poderosa y autorizada su enseñanza! "Les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas" (Mateo 7:29). Nuestro Señor no da sus discursos de su propia voluntad; dice: "Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar" (Juan 12:49). “Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras" (Juan 14:10). Y no comunica ninguna verdad que no le fuera dada por el Padre para la instrucción de los suyos (Marcos 13:32). Nos hace bien meditar en el carácter de las palabras de Cristo:
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SU VALOR (Primera parte) “Ciñe tu espada sobre el muslo, oh valiente, con tu gloria y con tu majestad”. Salmos 45:3. En este hermoso Salmo mesiánico, se le da a Cristo un título que indica su victoria sobre las fuerzas del mal, el triunfo del Rey Divino, y su manifestación en gloria. Es “Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla” Salmos 24:8-9 que asciende al monte de su santidad, llevando cautiva la cautividad.
Desde el principio de la historia humana, y la caída del hombre en poder de Satanás, Dios se ha manifestado de varias maneras a favor de las víctimas del diablo, los débiles que han clamado pidiéndole auxilio. Hay Salmos enteros dedicados a contar “las valentías de Jehová”. Su mano fuerte y su brazo extendido libraron a Israel de la esclavitud, y protegieron a su pueblo en su marcha por el desierto y su conquista de Canaán. Dios pudiera haber aplastado a los enemigos por una palabra, pero se valió del “ejército del cielo”, y los “salvadores”, cuando no por la intervención directa de los ángeles “¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?” (Hebreos 1:14). ¿Hubo lucha? ¿Era necesario valor para combatir al maligno? En muchos casos, sí (véase Daniel 10:12-13; Judas 9 y Apocalipsis 12:7). En la esfera humana, los campeones necesitaban ser valientes para vencer a los enemigos inspirados por el diablo: tuvieron que esforzarse (por ejemplo, Josué y David), y cobraban ánimo por su concepto de Jehová como el poderoso y terrible defensor suyo. “Tuyo es el brazo potente; fuerte es tu mano, exaltada tu diestra” (Salmos 89:6 Salmos 89:13). “Generación a generación celebrará tus obras, y anunciará tus poderosos hechos… Para hacer saber a los hijos de los hombres sus poderosos hechos, y la gloria de la magnificencia de su reino” (Salmos 145:4, Salmos 145:6, Salmos 145:12). |
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“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos”. Romanos 5:19. Nuestra salvación, pues, procede de la obediencia del “postrer Adán”: Su perfecta sujeción a la voluntad de Dios es, a la vez, un ejemplo para los demás hijos del Padre celestial. Hay un hermoso paralelo en el caso de José, cuando el padre le envió a buscar a sus hermanos (Génesis 37:13). No se llevaban muy bien con él, pero el hijo amado de Jacob no vaciló en obedecerle, y, lejos de desistir al no hallarlos en Hebrón, perseveró hasta Dotán en el afán de cumplir su misión; por lo cual, sufrió tantos desprecios y calamidades, pero llegó a ser el “Salvador del Mundo”. Con igual motivo, con significado espiritual, Dios envió a su Hijo al mundo para que vivamos por Él. No se nos revela nada de la despedida en el cielo cuando el Señor Jesús salió de la gloria excelsa, y desnudándose de su ropa real tomó forma de esclavo, naciendo en humildad; pero, en Hebreos 10:7, se nos dice que “Entrando en el mundo, dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad”. Así que, desde el primer momento de su vida humana, vemos en Él el hijo obediente, poniéndose sin reservas a la disposición de su Padre, para llevar a cabo la obra de la redención. En los “años ocultos” de su niñez, su afán era ocuparse en las cosas de Dios, escudriñando las Escrituras con avidez para confirmar lo que, por su propio espíritu y la comunión constante de la oración, discernía ser el camino a seguir y la obra a realizar. |
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En Isaías 59:17, el profeta describe la venida al mundo del Libertador de Israel, y termina con la frase. “se cubrió de celo como de manto”. Así, en las actividades del Salvador del mundo se nota un santo entusiasmo y una completa devoción a Dios, para llevar a cabo la obra que le fue encomendada. “El celo de Jehová de los ejércitos hará esto” (Isaías 37:32) es la garantía de su éxito desde la cuna hasta el trono del imperio universal. Los filósofos definen el celo como emulación, el deseo de conseguir y hacer lo mejor, inspirado en un ejemplo que sobrepasa la propia experiencia. Según el diccionario, es “cuidado, diligencia, esmero que alguien pone al hacer algo”. Es el cuidado vigilante y afectuoso de la gloria de Dios o del bien de las almas. ¡Cuán admirablemente, pues, se despliega en la vida del Señor Jesucristo!
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Juan Crisóstomo dice que la paciencia es la reina de las virtudes, y, como era de esperar, se ve demostrada perfectamente en la vida del Señor. Nuestra palabra viene de tres, empleadas en los escritos originales, que significan: 1º.Largura de ánimo, que detiene la justa manifestación de la ira y la justificación de los derechos, en espera de un cambio favorable en la actitud de los contrarios (Romanos 9:22).
2º.La suspensión provisional del juicio merecido (Romanos 3:25). (Estos dos significados se hallan juntas en Romanos 2:4). 3º.La perseverancia en el propósito firme a través de las circunstancias y a pesar de las fuerzas opuestas. (Los significados segundo y tercero se encuentran en Colosenses 1:11 y 2 Timoteo 3:10).
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La fidelidad es una de las cualidades más notables en el hombre, base de sus acciones más nobles y de todo buen trato social. Es algo que queda de su condición primitiva, reflejo de lo que observa del carácter de Cristo, su creador. Los escritores bíblicos se gozan en declararlo, (Salmos 36:5; Salmos 40:10; Salmos 92:2; etc.). Dios es fiel en toda su actuación: las leyes fijas de la naturaleza le dan estabilidad a la esfera material donde el hombre desarrolla su vida. “Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche” (Genesis 8:22). De esto, y de la historia, se deduce que en lo moral también hay cimientos firmes sobre los cuales se puede edificar con confianza. Dios cumplirá sus promesas – y sus amenazas– y llevará a cabo sus propósitos a pesar de toda fuerza opuesta. No es hombre que se arrepienta, ni tampoco le falta el poder para efectuar sus proyectos. “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Tesalonicenses 5:24). Era de esperar, pues, que el Hijo de Dios, “la misma imagen (Gr. —caracter) de su sustancia, manifestase en grado superlativo esta virtud. Tres veces en el Apocalipsis se le llama: “El Testigo fiel” (Apocalipsis 1:5; 3:14 y Apocalipsis 19:11). Lo era en su revelación del Padre, “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14:9): “El unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” - su exégete — Juan 1:18. Tanto sus palabras como sus obras testifican exactamente lo que Dios demandaba de los hombres, y lo que estaba dispuesto a hacer para su bienestar (Juan 5:19; Juan 12:49-50). |
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Los grandes héroes de la historia se caracterizan por sus ambiciones y el arrojo y la fuerza con que las llevan a cabo: en la vida humana del Salvador sus glorias están veladas “sin atractivo para que lo deseemos”. No hubo en Él ninguna ostentación de su potencia y dignidad, en el sentido en que Israel esperaba ver a su Mesías. “Allí estaba escondida su fortaleza”. Bien había dicho Isaías: “no gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles”: era manso, porque era humilde de corazón. En esto era semejante a Moisés, que se destaca en el A. T. como “muy manso”, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Números 12:3). Este no lo era en su juventud, pero lo aprendió a solas con Dios en el desierto, manifestándolo en su conducta ante las continuas murmuraciones del pueblo. Hubo una sola excepción, que le costó cara. Con todo, es admirable su dominio de sí durante los cuarenta años de provocaciones de parte de un pueblo rebelde, incrédulo y contradictor. El concepto de esta virtud entre los griegos era más superficial que el de los escritores bíblicos. Usaban la palabra, como nosotros, para expresar el acto de domar los caballos; y la tenían por una gracia cultivada por el dominio de las emociones y pasiones, a fin de poder mantener su ecuanimidad en circunstancias adversas y provocativas. Desde luego, esta característica se manifiesta admirablemente en el Señor Jesucristo, pero en Él no es resultado de lucha, más procede de su propia condición perfecta: “Soy manso y humilde de corazón”. |
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