Amanecer Cristiano
El testimonio que Cristo da de las escrituras
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- Categoría: Oro viejo
- Publicado en Lunes, 03 Marzo 2008 01:00
“Abraham ... se gozó de que había de ver mi día; y lo vio y se gozó”. “Moisés escribió de mí”. “David (me) llamó Señor”. (Juan. 8:56; 5:46; Mateo. 22:45). Estas palabras de nuestro Salvador nos dan un fundamento amplio para buscarle a Él en el Antiguo Testamento, a la par que confirman la verdad de las Escrituras mismas, para nosotros que creemos en Cristo como Dios verdadero, así como Hombre verdadero. Su palabra con respecto a estos asuntos tiene plena fuerza de autoridad. Él no hubiera dicho “Abraham ... se gozó de que había de ver mi día; y lo vio y se gozó”, si Abraham hubiese sido un personaje mitológico; Él no hubiera dicho “Moisés escribió de mí”, si los libros de Moisés hubiesen sido escritos cientos de años después; no hubiera citado del Salmo 110 para probar que David le llamó Señor, si ese Salmo hubiese sido escrito en el muy posterior tiempo de los Macabeos.
En la referencia hecha por nuestro Señor a los libros de Moisés, el testimonio es singularmente enfático. No fue una referencia hecha a ellos simplemente al pasar. La fuerza entera del argumento estriba, una y otra vez, en el hecho de que Él estimaba a Moisés, no como un mero título por el cual se conocían ciertos libros, sino como la persona real que actuó en la historia que esos libros registran y como el autor de la legislación que ellos contienen. “¿No os dio Moisés la ley, y ninguno de vosotros cumple la ley?”, (Juan 7:19). “Si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí; porque de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?” (Juan 5:46-47). El condenó las tradiciones que los fariseos agregaron a las leyes y a las enseñanzas de Moisés porque “invalidaban la palabra de Dios” (Marcos 7:13). Al leproso le dijo: “Ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés” (Mt. 8:4). Ese mandamiento de Moisés se encuentra en el mismo corazón del código sacerdotal que algunos quisieran hacernos creer que fue compuesto siglos después de los días de Moisés.Estudiando con detenimiento los Evangelios, no dejaremos de ver que las Escrituras del Antiguo Testamento estaban continuamente sobre los labios de Cristo, porque estaban siempre escondidas en su corazón. En la tentación en el desierto, Él venció al diablo, no con alguna manifestación de su divina gloria, no mediante un poder que estuviera fuera del alcance nuestro, ni siquiera por sus propias palabras; sino que recurrió a palabras escritas que habían fortalecido a los santos de muchas épocas. Demostrándonos así cómo nosotros también podremos hacer frente a nuestro gran adversario, y anular sus ataques. Es especialmente útil notar que es de Deuteronomio que nuestro Señor elige, como piedrecitas sacadas del cristalino arroyo, sus tres respuestas terminantes al tentador (Deutoronio. 8:3; 6:13, 16). Pues se nos ha dicho que este libro de Deuteronomio es una piadosa falsificación del tiempo de Josías, en forma tal que daba a entender que fue escrita por Moisés a fin de dar al documento mayor peso en el intento de promover las muy necesarias reformas en la época del citado rey. ¿Hubiera nuestro Señor –Él mismo “La Verdad”- apoyado así un libro lleno de falsedades, usándole en el momento crítico de su conflicto con el diablo? Y si el libro hubiese sido una falsificación, ¿no lo hubiera sabido perfectamente el “padre de la mentira”?
Cuando Cristo comenzó su ministerio público en la sinagoga de Nazaret con las palabras de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres”, Él dijo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lucas. 4:17-21). En el Sermón del Monte, nuestro Señor dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mateo. 5:17-19).
En estos días, tenemos muchos libros acerca de la Biblia, pero hay muy poco escudriñamiento de las mismas Escrituras. Un estudio detenido de lo que Jesús mismo dice acerca de las Escrituras del Antiguo Testamento, con el ruego de que la luz del Espíritu Santo sea arrojada sobre las páginas, recompensaría bien al estudiante de la Biblia. Muy pocos tienen idea de cuán numerosas son las citas del Antiguo Testamento hechas por nuestro Señor. Él hace referencia a veinte personajes del Antiguo Testamento. Cita de diecinueve libros diferentes. Se refiere a la creación del hombre, a la institución del matrimonio, a la historia de Noé, de Abraham, de Lot, y a la destrucción de Sodoma y Gomorra, tal como se describe en Génesis; a la aparición de Dios a Moisés en la zarza, al maná, a los diez mandamientos, al tributo en dinero, como se menciona en Éxodo; se refiere a la ley ceremonial sobre la purificación de los leprosos, y a la gran ley moral “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, ambas registradas en Levítico; a la serpiente de bronce, y a la ley sobre los votos, en Números; y ya nos hemos ocupado de su triple cita de Deuteronomio.
También se refiere a la huída de David al sumo sacerdote en Nob, a la gloria de Salomón y la visita de la reina de Saba, a la morada temporaria de Elías con la viuda de Sarepta, a la curación de Naamán, y al asesinato de Zacarías, en varios libros históricos. Y en cuanto a los Salmos y escritos proféticos, si fuera posible, la autoridad divina de nuestro Señor ha quedado impresa en ellos en forma aún más profunda que sobre el resto del Antiguo Testamento. “¿No habéis leído?” o “Escrito está”, es el fundamento del constante llamado de Cristo a la razón: “La Escritura no puede ser quebrantada”, “Las Escrituras dan testimonio de mí”, “Es menester que se cumpla la Escritura”, su constante afirmación. Preguntado acerca de la resurrección, Jesús contestó: “Erráis, ignorando las Escrituras … ¿No habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos”. Nuestro Señor atribuye aquí el escepticismo de los Saduceos, en parte, a su falta de entendimiento de las Escrituras. Él prueba con la Biblia la realidad de la resurrección, y afirma que en ella están contenidas las propias palabras dichas por Dios (Mateo. 22:29-32).
Al acercarse nuestro Salvador a la cruz, su testimonio a favor de las Escrituras toma un sentido más sagrado aún. “He aquí subimos a Jerusalén, y serán cumplidas todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre” (Lucas. 18:31). “Porque os digo que es necesario que se cumpla todavía en mí aquello que está escrito: Y fue contado con los inicuos; porque lo que está escrito de mí, tiene cumplimiento” (Lc. 22:37). En la noche en que fue traicionado, en las sombras del Oliveto, tres veces señala nuestro Salvador el cumplimiento de estas Escrituras en sí mismo (véase Mateo. 26:31, 54, 56; Marcos. 14:21, 49). Tres, de siete dichos emitidos desde la cruz, lo fueron en palabras de la Escritura, y murió con uno de ellos sobre sus labios.
Pero de los testimonios que Cristo dio en apoyo del Antiguo Testamento, quizás el más fuerte sea el que dio después de su resurrección. El mismo día en que resucitó, Él dijo a los dos discípulos que iban a Emaús: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de Él decían” (Lucas. 24:25-27). No se limitó a dar autoridad a las Escrituras, sino que también sancionó el método de interpretación que encuentra en todo el Antiguo Testamento en testimonio del Mesías del Nuevo. Es así que vemos cómo nuestro Señor, apenas llegado el primer día de su regreso, reanuda su anterior método de instrucción en forma aún más acentuada que antes, probando sus derechos, no tanto por su propia victoria personal sobre la muerte, como por el testimonio de las Escrituras. Después de esto, Jesús apareció a los once y les dijo: “Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés, y en los profetas, y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día” (Lc. 24:44-46). Aún aquellos que quisieran poner límites a la sabiduría y al saber de Cristo durante su vida sobre la tierra, no se atreverán, seguramente, a aplicar ese mismo criterio al período de la vida de Cristo posterior a su resurrección. Y es durante ese período que Él pone su sello sobre la Ley, los Profetas y los Salmos, la triple división de las Escrituras completas del Antiguo Testamento, según los judíos, las mismas Escrituras que nosotros poseemos hoy.
Pero si esto, con ser mucho, no fuera suficiente para corroborar nuestra fe, se nos descorre el velo en el libro de Apocalipsis y se nos permite ver allí, por un instante, a nuestro Salvador glorificado, siempre “este mismo Jesús”, todavía citando de las Escrituras y todavía aplicándolas a sí mismo. Dice Él: “No temas; Yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades” (Ap. 1:17-18). Y otra vez: “El que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre” (Apocalisis. 3:7). Él cita aquí de los textos del libro de Isaías, del capítulo 44:6,8, que dice: “Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y Yo soy el postrero, y fuera de Mí no hay Dios… No temáis”, y del capítulo 22:22; “Y pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; y abrirá, y nadie cerrará; cerrará, y nadie abrirá”.
En verdad, la llave –no sólo de la vida y de la muerte, sino la llave de las Escrituras- está puesta sobre su hombro, y Él todavía abre el significado a los que son humildes, lo suficiente para que Él abra el entendimiento de sus corazones.
A.M. Hodgkin. (Ligeramente adaptado).

