img1
img2
img3

Amanecer Cristiano

El testimonio que Cristo da de las escrituras 2

- Parte2 -

 

       Mirando al futuro, desde las edades más remotas, los siervos de Dios vieron a Uno que había de venir, y a medida que se acercaba el tiempo, esta visión se hacía tan clara que ahora casi nos sería posible describir la via de Cristo sobre la tierra, valiéndonos de las Escrituras del Antiguo Testamento, de las cuales Él mismo dijo: “Ellas son las que dan testimonio de mí”.
Había una figura central en la esperanza de Israel. La obra de la redención del mundo debía de ser realizada por un Hombre, el Mesías prometido. Era Él quien debía herir la cabeza de la serpiente (Genesis. 3:15); debía descender de Abraham (Genesis. 22:18), y de la tribu de Judá (Genesis. 49:10).

 

 

        Isaías miraba hacia delante, y vio, primero, una gran luz que resplandeció sobre el pueblo que andaba en tinieblas (Is. 9:2). Y mientras seguía contemplando, vio que un niño debía nacer, un Hijo debía ser dado (v. 69, y, con creciente asombro, vio cómo se le presentaban estos nombres correspondientes a la naturaleza del niño:

 

“Admirable”. Admirable, de veras, en su nacimiento, pues nunca hubo niño cuyo advenimiento fuera anunciado por los ejércitos celestiales como el suyo. Su nacimiento de una virgen (Is. 7:14), y la aparición de la estrella (Nm. 21:17), fueron hechos igualmente admirables. Cada vez más admirable fue Él en su condición de hombre, y, admirable, más que en todo lo demás, en su perfecta impecabilidad. 

“Consejero”. Cristo, en el cual “están escondidos todos los tesoros de sabiduría y conocimiento” (Colosenses 2:3)

“Dios fuerte, Padre Eterno”. Se hizo manifiesto en el conocimiento íntimo de Isaías que este ser prometido no era otro que Dios manifestado en carne.

Enmanuel”, Dios con nosotros” (Isaias. 7:14). Como dijo Jesús mismo: “Yo y el Padre una cosa somos” (Juan 10:30).

El nombre que sigue, “Príncipe de paz”, pertenece especialmente a Jesús, pues “Él es nuestra paz” (Efesios. 2:14). Su nacimiento trajo paz en la tierra, y al dejar la tierra Él legó la paz a sus discípulos, “habiendo hecho la paz por la sangre de su cruz” (Colosenses. 1:20).


        Luego ve el profeta al niño que había de nacer, sentado sobre el trono de su padre David, y ve también la gloriosa dilatación de su reino. Aunque de linaje real, debía nacer en el tiempo de la humillación de éste. “Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces” (Isaias. 11:1). Tenemos en esto una alusión a su humildad y pobreza.
Y ahora los profetas, uno por uno, llenan el cuadro agregándole cada uno una nueva y brillante pincelada.
El profeta Miqueas ve la aldea donde había de nacer Jesús, y nos dice que es Belén (Miqueas. 5:2; Mt. 2:6).
Isaías ve la adoración de los magos (Isaias. 60:3; Mateo. 2:11).
Jeremías habla de la muerte de los inocentes (Jr. 31:15; Mateo. 2:17-18).
Oseas predice la huída a Egipto (Oseas. 11:1; Mateo. 2:15).


    Isaías describe su mansedumbre y dulzura (Isaias. 42:2; Mateo. 11:29), y la sabiduría y conocimiento que Jesús puso de manifiesto en toda su vida desde el momento de su plática con los doctores en el templo.


        Asimismo, cuando Él limpia el templo, las palabras del salmista vienen al instante a la memoria de los discípulos: “Me consumió el celo de tu casa” (Salmos. 69:9; Juan. 2:17).


        Isaías lo presenta predicando buenas nuevas a los abatidos, vendando a los quebrantados de corazón, publicando libertad a los cautivos, y dando óleo de gozo en lugar de luto, alegría en lugar del espíritu angustiado (Isaias. 61:1-3; Lc. 4:16-21).


        Isaías lo presenta predicando buenas nuevas a los abatidos, vendando a los quebrantados de corazón, publicando libertad a los cautivos, y dando óleo de gozo en lugar de luto, alegría en lugar del espíritu angustiado (Isaias. 61:1-3; Lc. 4:16-21).


        El luto fue transformado en gozo cuando Jesús se puso delante de la muerte. La pobre mujer a la cual, he aquí, Satanás había ligado dieciocho años, fue desatada por la palabra de Él. Su evangelio fue, de veras, mensaje de buenas nuevas.

  
        Isaías tuvo la visión, la más tierna de las escenas, la del Buen Pastor que bendice a los niños, pues Él “en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará” (Isaias. 40:11; Marcos. 10:16).
Luego, canta Zacarías: “Alégrate mucho, hija de Sion”, porque ve a su humilde Rey entrando en Jerusalén, cabalgando sobre un pollino hijo de asna; otro Salmo agrega las hosannas de los niños: “De la boca de los niños y de los que maman, fundaste la fortaleza, a causa de tus enemigos, para hacer callar al enemigo y al vengativo” (Zac. 9:9; Sal. 8:2; Mt. 21:4-5).
Los profetas vislumbraron algo del carácter y de la extensión de la obra del Salvador. La luz que debía irradiar de Sion debía ser para todo el mundo; judíos y gentiles debían ser bendecidos por igual. El Espíritu de Dios debía ser derramado sobre toda carne (Joel 2:28).


        Los judíos del tiempo de nuestro Salvador estaban acostumbrados a la imagen de un Mesías victorioso y triunfante. Tan cautivados estaban con este lado del cuadro que no le reconocieron cuando vino, tanto que Juan el Bautista tuvo que decirles: “En medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis”…”Sabiduría de Dios…si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria” (Juan. 1:26; 1 Corintios. 2:7-8).


        Pero debieron haberle conocido, pues los profetas que predijeron la gloria del Mesías habían hablado en términos claros de su humildad, de cómo fue rechazado, y de sus sufrimientos.


        “He aquí”, dice Isaías, “mi siervo será prosperado, será engrandecido y exaltado, y será puesto muy en alto” (52:13) –cuando, de repente, ¿qué ve en el versículo siguiente? “Como se asombraron de ti muchos, de tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres”. ¿Y cómo nos imaginaremos el asombro del profeta a medida que se agranda en él la visión del capítulo cincuenta y tres, con toda la majestad del sufriente Mesías? De la raíz de Isaí debía brotar un Renuevo al cual había de rechazar Israel. “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is 53:3).


        Con su mirada fija en el futuro, el profeta ve a esta Santo “como cordero llevado al matadero”. Y que “como oveja delante de sus trasquiladores enmudeció, y no abrió su boca” (Isaias. 53:7; véase Mateo. 27:12, 14). Le ve morir una muerte violenta, “porque fue cortado de la tierra de los vivientes” (Isaias. 53:8).


        Daniel expresa el mismo pensamiento y nos dice: “Se quitará la vida al Mesías, mas no por sí ” (Dn. 9:26).
Y ahora vuelve un coro de profetas a unir sus voces para decirnos cómo fue su muerte.


        El salmista ve que Él ha de ser traicionado por uno de sus propios discípulos: “Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar” (Salmos. 41:9).


        Zacarías nos habla de las treinta piezas de plata que fueron pesadas por precio de Aquel, y añade que el dinero fue echado al alfarero (Zacarias 11:12-13; Jeremias 19:1; Mateo. 27:3-10). También ve derramadas las ovejas al ser herido el Pastor (cap. 13:7; Mateo. 26:31,56).


Isaías lo ve llevado de un tribunal a otro (cap. 53:8; Juan. 18:24, 28).


El salmista profetiza de los testigos falsos llamados a declarar contra Él (Sal. 27:12; Mateo. 26:59).


Isaías lo ve azotado y escupido (cap. 50:6; Mt. 27:26-30).


        El salmista ve la forma precisa de su muerte, que fue por crucifixión: “Horadaron mis manos y mis pies” (Salmos. 22:16).
También fue predicho que Él había de ser contado con los criminales y que Él intercedería por sus asesinos (Is. 53:12; Mc. 15:27; Lc. 23:34).


        Tan clara se hace la visión del salmista, que éste le ve escarnecido por los que pasan (Salmos. 22:6-8; Mateo. 27:39-44).
Ve a los soldados repartiendo entre sí sus vestidos, y echando suertes sobre su ropa (Sal. 22:18; Jn. 19:23-24), y dándole a beber vinagre en su sed (Sal. 69:21; Jn. 19:28-29).
Con oído hecho sensible, oye el clamor de Él en la hora de su angustia: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Sal. 22:1; Mt. 27:46), y sus palabras de moribundo: “En tu mano encomiendo mi espíritu” (Sal. 31:5; Lc. 23:46).


        Y, enseñado por el Espíritu Santo, el salmista escribe las palabras: “El escarnio ha quebrantado mi corazón” (Sal. 69:20).


        Juan nos dice que, aunque los soldados quebraron las piernas de los ladrones a fin de acelerar su muerte, “mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua… Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron” (Jn. 19:32-37; Éx. 12:46; Sal. 34:20; Zac. 12:10), Isaías nos dice que, aunque “se dispuso con los impíos su sepultura”, (vale decir, que se propusieron sepultarlo en el lugar donde sepultaban a los malhechores), estaba dispuesto de otro modo, pues “con los ricos fue en su muerte”. Porque “vino un hombre rico de Arimatea, llamado José… y pidió el cuerpo de Jesús… y lo puso en su sepulcro nuevo” (Is. 53:9; Mt. 27:57-60).


        Pero la visión de los profetas se extendió más allá de la cruz y la tumba, para abarcar la resurrección y ascensión y el triunfo final del Salvador. David canta: “No dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción. Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias en tu diestra para siempre” (Sal. 16:10-11). E Isaías, después de haber profetizado la humillación y muerte del Mesías, concluye la misma profecía con estas palabras notables: “Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Is. 53:10-11).


        Desde el pasado más remoto, los santos proyectaron su mirada hacia acontecimientos que yacen todavía delante de nosotros en el futuro. “También profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos” (Judas 14:15). El patriarca Job dijo: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo… al cual veré por mí mismo” (Job 19:25-27). Zacarías tuvo una visión del Monte de los Olivos y el Señor de pie allí, Rey sobre toda la tierra, y con Él todos los santos (Zac. 14:4-9).


        Y como se han cumplido las profecías del pasado, así, ciertamente, se cumplirán también las profecías del futuro. “Pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas. Pero vemos… a Jesús, coronado de gloria y honra” (Heb. 2:8,0). Y Él dice: “Ciertamente, vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús”.
A.M. Hodgkin. (Ligeramente adaptado).


Contendor por la fe. Nº. 66-67. Nov.-Diciembre. 1954.